Unidos como Uno: Hallando Familia en el Cuerpo de Cristo
“En la ausencia de nuestros abuelos, tíos, primos y otros parientes, el Soberano Dios proveyó centenares de hermanos y hermanas en la fe.”
Durante mi niñez tuve la gran bendición de vivir en diferentes países de América Latina. Esta amplia experiencia dio a mi familia una extensa visión de la hermosa diversidad de culturas que hay en diferentes pueblos hispanos. Pero también nos limitó las oportunidades de pasar mucho tiempo con nuestros familiares en tierras lejanas.
En la ausencia de nuestros abuelos, tíos, primos y otros parientes, el Soberano Dios proveyó centenares de hermanos y hermanas en la fe. Estas conexiones humanas no sólo ampliamente suplieron la ausencia filial sino también marcaron la gran importancia de la afinidad que tenemos los que hemos recibido a Cristo.
Jesús mismo afirmó la prioridad de nuestros vínculos espirituales en uno de sus más difíciles dictámenes: “Si alguno viene a mí y no sacrifica el amor a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:26, NVI). No es que Él nos pide tomarles como enemigos, sino que las relaciones que tenemos con ellos son secundarias al vínculo con nuestro Padre celestial.
Jesús también enalteció la confraternidad que tenemos todos los que hacemos “la voluntad de mi Padre que está en los cielos” indicando que “es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mateo 12:50). Nuestra unión con el Hijo de Dios conecta a cada persona que busca agradar al Padre. Este enlace sobrepasa todas las diferencias y distinciones que el mundo asigna y aprecia (Gálatas 3:26-28; Colosenses 3:11).
Así como Dios dispuso a la familia como el contorno ideal para cuidar y criar a los niños, todos los que comienzan su vida en Cristo también tienen un ambiente amoroso donde recibir apoyo y ayuda. En el refugio de estos “rebaños” encontramos muchos de los beneficios que no nos llegan en aislamiento. Jesús prometió Su presencia aún si hay sólo dos o tres congregados en Su nombre (Mateo 18:20).
Los conjuntos donde nos agrupamos con personas de diferentes experiencias espirituales son idóneos para “estimularnos al amor y a las buenas obras” (Hebreos 10:24). Pablo describe estas reuniones donde “cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación.” Y nos pide que todo se haga “para la edificación” (1 Corintios 14:26). David, el salmista de antaño, fervientemente bendijo el tiempo cuando los hermanos habitan juntos en armonía (Salmo 133:1).
La disciplina de regularmente encontrarnos con peregrinos que comparten nuestro trajín en el mundo nos ofrece la oportunidad de estimular “unos a otros cada día, para que ninguno de ustedes se endurezca por el engaño del pecado” (Hebreos 3:13). Y en la diversidad de progresos, Dios utiliza a los más avanzados para educar a los que necesitan continuar su desarrollo (Tito 2:2-6). Después de todo, ¡un fierro solo no se afila a sí mismo (Proverbios 27:17)!
El estrecho compañerismo que fomentan estos frecuentes encuentros es imprescindible para que los más fuertes puedan conocer y sobrellevar las cargas de los más débiles. También, cuando sea necesario, los de avanzada madurez pueden restaurar con espíritu de mansedumbre a un hermano que ha sido sorprendido en alguna falta (Gálatas 6:1-2). ¡Qué bello retrato del amor de Dios damos al mundo cuando “sus miembros [de la iglesia] se preocupen por igual unos por otros” (1 Corintios 12:25)!
La multifacética meta de este ejercicio espiritual es de proteger a los “niños zarnadeados” para que no sean “llevados de aquí para allá por todo viento de enseñanza”, mientras seguimos “la verdad con amor”, creciendo “en todo como aquel que es la cabeza, es decir, Cristo. Por su acción todo el cuerpo crece y se edifica en amor, sostenido y ajustado por todos los ligamentos, según la actividad propia de cada miembro” (Efesios 4:14-16).
Jehová mismo nos invita a congregarnos para darle “la gloria que merece su nombre” (Salmo 29:2); a entrar en su tabernáculo (132:7); prefiriendo esos sagrados confines a cualquier otro lugar en el mundo (Salmo 84:10). De esta manera el “pueblo que pertenece a Dios” fortalecerá sus relaciones internas en preparación para anunciar al resto del mundo “las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9).
Añadimos a la bendición de congregarnos para la edificación mutua el hermoso ejercicio de adorar a Dios en comunidad. Si bien ya lo hacemos de manera individual, en la intimidad de nuestros hogares con nuestras familias, el beneficio aumenta exponencialmente cuando nos reunimos con otras personas para alabar “al Señor con todo el corazón en la asamblea, en compañía de los rectos” (Salmo 111:1).
Vemos varios ejemplos de adoración corporal en la visión apocalíptica de Juan. Comenzando con su primera inspección de la sala del trono divino (Apocalipsis 4) y después cuando aumentan las voces hasta que millones de millones de ángeles y todo lo creado que “hay en el cielo, en la tierra, debajo de la tierra y en el mar, a todos en la creación, que cantaban: «¡Al que está sentado en el trono y al Cordero, sean la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos!» (Apocalipsis 5:9-13).
Vez tras vez, la descripción que nos llega es de los santos, una gran multitud, la cual nadie podía contar, “de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas” (Apocalipsis 7:9), postrados sobre sus rostros adorando a Dios (11:16). Reconociendo, “Sólo tú eres santo”, y profetizando, “Todas las naciones vendrán y te adorarán” (15:4).
Juan llega al apogeo de su tomo compartiendo la invitación que oyó desde el trono, “¡Alaben ustedes a nuestro Dios, todos sus siervos, grandes y pequeños, queines con reverente temor le sirven!” (19:5), y la bienaventuranza para todos “los que han sido convidados a la cena de las bodas del Cordero” (19:9). Si esta es la disposición que tendremos por siglos sin fin, ¿acaso no podemos comenzar a brindarle su merecido aquí y ahora?
Photo: Milind Bedwa/Unsplash