Donde Está Tu Tesoro
“Todos los que habían creído se mantenían unidos y lo compartían todo; vendían sus propiedades y posesiones, y todo lo compartían entre todos, según las necesidades de cada uno” (Hechos 2:44–45).
Alejandro Santo Domingo. Iris Balbina Fontbona González. Eduardo Luis Savrin. Carlos Slim Helú. Nicolás Szekasy. Estas personas no son mis vecinos o compañeros de trabajo pues los desconocía antes de hacer un sondeo en la internet para este artículo. Pero ellos tienen en común dos cosas: son personas que han amasado considerables recursos, mientras también han contribuido abundantemente a causas nobles a través de toda Latinoamérica.
A “Carlitos” Slim, uno de los más sobresalientes de este grupo, se le atribuye la idea de que “los que más tenemos, más responsabilidad tenemos de ayudar a otros”. Siguiendo esta filosofía, acaudalados capitalistas como Ric y Brenda Elias, José Ferreira Neves, Jorge y Darlene Pérez, Daniel Veléz y Mariel Reyes se han comprometido a desvestirse de la mayor parte de sus fortunas.
Pero este tipo de gigante generosidad tiene orígenes aún más antiguos que en las hazañas de Warren Buffett o Bill Gates. Podemos trazar el génesis de esta amplia amabilidad al Libro de Génesis (capítulo 13), cuando Abram ofreció que su sobrino Lot tomara la mejor parte de la tierra que ellos, hasta ese entonces, compartían. Abram confiaba ciegamente en la grandeza del Dador Divino y no tenía porque preocuparse de las ambiciones de su joven sobrino.
Jehová también instituyó la práctica de ofrendar de todas las primicias a Dios en las leyes formativas para Su pueblo. “Llevarás a la casa del Señor tu Dios lo mejor de tus primicias” (Éxodo 34:26 NVI). “Consagrarás para el Señor tu Dios todo primogénito macho de tus vacas y ovejas” (Deuteronomio 15:19a). “También les darás las primicias de tu grano, tu vino y tu aceite” (Deuteronomio 18:4a). Y aún el primogénito de cada familia sería consagrado al Señor (Éxodo 13:2).
Con estos ejercicios de fe, los Israelitas ponían en despliegue su gratitud al Portentoso Proveedor por todos sus beneficios (Salmo 103:1-5) y la completa confianza de que Sus bendiciones recurrirían regularmente (Salmo 68:19). Dios dictó estos requerimientos para cementar dos principios fundamentales: Jehová posee todas las cosas (Salmo 24:1) y Él provee para todas nuestras necesidades (Salmo 34:10).
Bien sería que nosotros nos entrenáramos de la misma manera. Para tener por cierto que el mismo Bondadoso Benefactor quien constantemente alimenta a las aves del cielo y con artística variedad viste los lirios del campo nos añadirá todo lo necesario si le ponemos en primer lugar en nuestras vidas (Mateo 6:25-33). Podemos aprender a depender del Perfecto Padre que conoce nuestras necesidades antes que las listemos (Mateo 6:8) y sólo nos dará buenas cosas cuando le presentamos nuestras peticiones (Mateo 7:11).
Lamentablemente lo que más estorba nuestro bienestar son nuestras propias tendencias egoístas. El pecado tan gravemente nos ha infectado que todos nuestros deseos naturales desvían cada decisión que tomamos. Pretendemos poder servir a dos amos (Mateo 6:24); la avaricia nos consume pensando que nuestra vida depende de los muchos bienes que acumulamos (Lucas 12:15); y la codicia carcome nuestra fe hasta que nos extraviamos y terminamos experimentando muchos innecesarios dolores (1 Timoteo 6:10).
¿Con que podemos arrancar esta amarga raíz de tantas evitables tragedias? La respuesta a nuestras falencias (no sólo financieras) está en una íntima relación con Quien no tuvo donde descansar Su cabeza (Mateo 8:20). El itinerante Maestro de Galilea, poseedor de solo una túnica (Juan 19:23), comparte Su capacidad en resolver todas las complicaciones en nuestras vidas.
El primer ejemplo que resaltaré aquí es de un hombre rico, que buscó tener una simple conversación con Jesús. Después de esa interacción, Zaqueo se dispuso a dispersar la mitad de sus bienes entre los pobres y ¡a devolver lo defraudado al 400% de interés! (Lucas 19:1-10). Cuando el Hijo de Dios entra a nuestros corazones, todo cambia. Cada perspectiva, cada prioridad, cada pauta que dirigía nuestra propensidad por amasar posesiones es completamente reemplazada.
Al crecer en nuestro conocimiento de Su caridad, aumenta nuestro deseo de descargar sobre Él nuestros pesares, pues Él cuida de nosotros (1 Pedro 5:7). Comenzamos cada día presentando nuestras peticiones a Dios y Su paz, que sobrepasa todo entendimiento, reemplaza las preocupaciones que exceden nuestras economías (Filipenses 4:6-7). Él que tiene contado cada uno de nuestros cabellos (Mateo 10:30) confeccionará todas las cosas de tal modo que resultará para el bien de los que lo aman (Romanos 8:28).
Vemos otra tangible evidencia de la tremenda transformación que Jesús trae a nuestras almas en como la primera generación de discípulos utilizó sus bienes. El autor de Hechos nos describe como todos “los creyentes estaban juntos y tenían todo en común: vendían sus propiedades y posesiones, y compartían sus bienes entre sí según la necesidad de cada uno… y compartían la comida con alegría y generosidad, alabando a Dios y disfrutando de la estimación general del pueblo” (Hechos 2:44-47a).
Sí, la gracia Divinia tiene un directo efecto en como manejamos nuestras posesiones. Lo que antes vimos como símbolos de progreso y potestad pasan a ser vehículos de bendición a Su pueblo y utensilios para engrandecer Su reino. Las iglesias de Macedonia consideraron el privilegio de participar en el servicio de los santos, a pesar de su pobreza y grandes aflicciones, ofrendando con espontaneidad y generosidad (2 Corintios 8:1-4).
Nuestro desarrollo espiritual incluye la disciplina de reconocer Su soberanía sobre todo nuestro tiempo, talentos y tesoros. Al gustar de la insondable gracia de Dios, nos conmueve Su extravagante expresión de amor a ofrecer todo lo que tenemos para que otros también entren en este Edén. Pues, a quien mucho se le ha perdonado, mucho ama (Lucas 7:36-50).
Photo: Paz Arando/Unsplash