Formación Espiritual

¿Estás Viviendo una Vida que Da o una que Retiene?

“Al que te pida, dale, y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses.” — Mateo 5:42 by El Mayor David Repass

José de Anchieta y Díaz de Clavijo. Bartolomé de las Casas. Mariano de Jesús Euse Hoyo. Isabel Flores de Oliva. Susana Paz Castillo Ramírez. Estos son algunos de los honorables cristianos del ayer que renunciaron retener sus riquezas por servir a Cristo. Cual discípulos de Jesús, al escuchar Su entrañable voz dejaron la seguridad y prosperidad de sus mundanales oficios al ir en pos del Maestro (Mateo 4:18–22).

Verdaderamente, a muy pocos de nosotros se nos pide dejar un empleo para ir a predicar el evangelio. Pero el requerimiento Divino claramente indica que cada cristiano debe negar sus propios diseños y deseos, tomar su cruz cada día y seguir fielmente al Perfecto Patrón (Lucas 9:23). Esta abnegación no es una meta etérea o un inalcanzable ideal. Es una pragmática realidad que debemos poner en práctica todos los que hemos gustado de la gracia Divina.

No hay más obvio ámbito para demostrar nuestra devoción a Cristo que con nuestros recaudos y recursos. Esto comienza con el diezmar, que simplemente es el separar la décima parte de todo lo que recibimos para ofrendarlo a Dios. Abram entregó al sacerdote Melquisedec esa precisa proporción de todo lo acarreado en su batalla contra los reyes de Sinar, Elasar, Elam, y Goim (Génesis 14:17–20). Jacob prometió retornar a Jehová la misma medida de todo lo que recibiría de Sus manos, después de su encuentro en Betel (Génesis 28:22).

Al establecer Su nación santa, el Libertador de Israel instituyó este mismo ejercicio de fe pidiendo que cada familia dedique a Dios diez por ciento de todo lo que la tierra produzca, pues “ya sea grano de los sembrados o fruto de los árboles, pertenece al Señor” (Levítico 27:30, NVI). Y aun los levitas que recibían los diezmos del pueblo presentarían los diezmos de esos diezmos como ofrenda mecida al Señor (Números 18:26).

La razón por requerir este mandamiento de todos los israelitas fue para que aprendan “a temer siempre al Señor” (Deuteronomio 14:23, NVI). También a nosotros nos sirve ejercitar esta disciplina, ahondando nuestra confianza y afirmando nuestra dependencia en Dios por todo lo que necesitamos. Jesús mismo nos recuerda que nuestro Padre celestial conoce nuestra insuficiencia y promete, si lo ponemos en primer lugar en nuestras vidas, añadir “todas estas cosas” (Mateo 6:32, NVI).

Pero el Indigente Predicador de Nazaret, que no tenía ningún lugar propio para descansar Su cabeza (Lucas 9:58), enfáticamente enseñó que debemos sentir compasión por los que sufren a nuestro alrededor (Lucas 10:25–37). Varias veces insistió que Sus alumnos aprendan a abiertamente aportar por las necesidades de otros. “Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no le vuelvas la espalda” (Mateo 5:42, NVI). “Vendan sus bienes y den a los pobres” (Lucas 12:33, NVI). Todo esto afirma a la vez que la escasez de recursos no nos exenta de ofrecer lo poco que tenemos pues Sus vigilantes ojos notan aún la más pequeña caridad (Marcos 12:41–44).

La iglesia primitiva, llena del Espíritu Santo, tomó seriamente la iniciativa de ir más allá del mero diezmo. Esa primera generación de discípulos fue marcada por su gregaria generosidad (Hechos 2:45). Es más, su simple estilo de vida es todavía un magnífico modelo que podemos emplear en estos tiempos modernos para engrandecer el alcance del evangelio: “No dejaban de reunirse unánimes en el Templo ni un solo día. De casa en casa partían el pan y compartían la comida con alegría y generosidad, alabando a Dios y disfrutando de la estimación general del pueblo. Y cada día el Señor añadía al grupo los que iban siendo salvos” (Hechos 2:46–47, NVI).

Nuestro desarrollo espiritual como individuos rápidamente nos lleva a entrar en comunidades para convivir con los fieles. Allí Dios nos inunda de Su gracia cada día más hasta que el desborde de Su amor nos dirige a salir de ese entorno fraternal para brindar y bendecir a otros, demostrándoles la bondad de Dios que nos conmueve. Es el flujo natural de toda vida: llegar a una madurez y buscar nuestra multiplicación.

Los saludables seguidores de Cristo no se conforman con lo poco que puedan aportar al comenzar su servicio. En el apropiado tiempo, el Espíritu Santo incrementará nuestro interés por servir a Jesús, y aumentará nuestro afán por extender nuestro ministerio dando alimento, abrigo y amparo aun al “más pequeño” (Mateo 25:40).

Eventualmente, simple aritmética demuestra que podemos ayudar más a otros si invertimos menos en nosotros mismos. Nuestra caridad es de mayor provecho cuando va acompañada de contentamiento en lo que nos toca recibir (1 Timoteo 6:6)/ Dejamos de amar al mundo y las cosas que están en el mundo (1 Juan 2:15), y pasamos a intentar sobresalir en actos de amor (2 Corintios 8:7), sabiendo que el hacer el bien y ofrecer ayuda a todos los que podamos “son los sacrificios que agradan a Dios” (Hebreos 13:16, NVI).

Continuamos en este camino perseverando pues, presentándonos diariamente a Dios como sacrificios vivos, santos y agradables al Bondadoso Benefactor (Romanos 12:2), buscando nada para el beneficio personal sino sacrificándonos para la edificación de otros. Enfocamos en emular el excelente ejemplo de Jesús quien “se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. …se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte” (Filipenses 2:3–8, NVI).

Nuestra meta es la Patria Celestial, y siendo que no llevaremos nada con nosotros cuando salgamos de este planeta (Eclesiastés 5:15), provechoso es que invirtamos todo nuestro tesoro terrenal para transmitir las gloriosas nuevas de salvación. Así lo hicieron los santos de Creta (Tito 3:13–14), Corinto (2 Corintios 1:16), Filipos (Filipenses 4:14–18), Macedonia y Acaya (Romanos 15:26). Así la Esposa de Cristo se ha preparado por los siglos, vistiéndose de lino fino para su boda (Apocalipsis 19:7–8).

Sembremos abundantemente, pues, proponiendo en nuestros corazones dar con alegría. Y Él, que nos da las “semillas”, proveerá para que podamos continuar compartiendo, produciendo acciones de gracias al Padre. “¡Gracias a Dios por su don indescriptible!” (2 Corintios 9:15, NVI).

Photo: NoDerog/Getty Images

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