Formación Espiritual

Nueva Criatura, Nuevo Corazón

“Nuestra redención es un regalo que Dios ofrece gratuitamente a todo aquel que simplemente lo recibe por fe.” by El Mayor David Repass

Gracia es un término multifacético que no se alcanza a definir en pocas palabras. Puede ser aplicado para describir la más simple hermosura humana como también el infinito amor divino. El diccionario de Oxford la describe cómo una simple elegancia o el refinamiento de un estilo o movimiento. Pero esto sólo desglosa como se utiliza en el ambiente físico. Wikipedia añade que para los de la fe cristiana, gracia es el inmerecido favor de Dios hacia los hombres.

La octava doctrina del Ejército de Salvación aplica este concepto cuando nos indica que somos “justificados por gracia mediante la fe en nuestro Señor Jesucristo…” Así entendemos que es Dios quien nos hace justos; es completamente Su decisión y labor, totalmente para nuestro beneficio. Y recibimos este bendito socorro no por nada que nosotros pudiéramos hacer más que poner nuestra fe en Dios.

Otras religiones instruyen que los seres humanos deben hacer cosas para encontrar o engendrar algún agrado de los dioses. Muchas personas (aún en las congregaciones cristianas) piensan que es nuestra responsabilidad de hacernos dignos del interés Divino. Suponen que Dios no se tornaría hacia nosotros por Sí mismo sin que le llamemos la atención con algún magnánimo acto de sacrifico o abnegación. 

Las Sagradas Escrituras enfáticamente nos enseñan lo contrario. “Por gracia somos salvos por medio de la fe; y esto no de nosotros, pues es don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe, pues somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras. (Efesios 2:8-9)” Nuestra redención es un regalo que Dios ofrece gratuitamente a todo aquel que simplemente lo recibe por fe. 

Esto es en parte porque Dios sabe de nuestra propensidad por la vanagloria. Nos es demasiado fácil tomar el crédito por algo que es exitoso o bueno. Entonces la máxima ofrenda del cielo se brinda sin cargarnos con la penosa responsabilidad de laborar por ella. Al fin y al cabo, nunca podríamos hacer nada suficiente para acarear la bondad de Dios. (El único que pudo conseguir esta distinción fue el mero Hijo de Dios, Quien ofreció Su santa vida para nuestro rescate.)

Añadiendo a esta gloriosa dádiva, Su sublime gracia también nos convierte pues somos una nueva creación. 2 Corintios 5:17-18 dice: “…si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios…” Al mismo tiempo que Dios nos ofrece Su perdón, y abrimos nuestros corazones a Su amor, Él nos cambia por completo. La transformación es tan drástica que Jesús la denominó un nuevo nacimiento. (Juan 3)

Ahora bien, esto no quiere decir que al recibir Su amable perdón comenzaremos a hacer todo perfectamente bien. Todavía somos humanos con tendencias y tentaciones que nos pueden hacer tropezar si no tenemos cuidado. Pero con la ayuda del Espíritu Santo, nuestra nueva vida en Cristo nos da un nuevo entendimiento para que veamos lo que debemos (y no debemos) hacer.

El autor de Romanos nos aclara que a todos los que somos hijos(as) de Dios, el mismo Espíritu de Dios nos guía. Por el simple hecho de ser adoptados, Dios no sólo nos añade a Su familia, sino que también nos brinda Su constante presencia para instruirnos y encaminarnos. (Romanos 8:14-15) Pues, ¿qué padre o madre añade un bebé a su hogar y después lo deja sin apoyo o ayuda? El Padre perfecto nos trajo “bajo Sus alas” para establecer una continua relación con cada uno de nosotros. 

El autor de Romanos añade, “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. (Romanos 8:16)” Aquí se enfatiza como la generosidad de Dios nos otorga Su perdón, transforma nuestras almas, nos da una nueva identidad en Cristo y Su continua ayuda a crecer en Su gracia cada día. ¡No tenemos por qué añadir a esta inigualable oferta! Ninguna ceremonia o sacramento puede calificar lo que Dios ha hecho por Su propia cuenta. (Participamos en ritos que representan la obra interior del Espíritu, dando testimonio público de lo que Dios ha hecho en nosotros.)

Nuestra octava doctrina, similar a la de muchas otras iglesias, concluye afirmando que todo “el que cree tiene el testimonio de ello (su salvación) en sí mismo.” Esto simplemente significa que una vez que entramos en una relación con Dios, recibiendo todo lo que Él gratuitamente ofrece, tendremos en nosotros la evidencia de Su obra. Muy pronto veremos brotar en nosotros los frutos del Espíritu y notaremos los cambios que Su amor causan en nuestra manera de pensar y actuar.

Entendemos entonces que nuestro testimonio, sencillo y simple, es suficiente. Cada persona salvada tiene una experiencia diferente para compartir. Algunos tienen historias dramáticas de haber sido rescatados de alguna adicción o sanados de una enfermedad mortal. Pero el singular milagro de nuestra salvación es un poderoso testimonio en sí mismo. El simple hecho que estábamos perdidos en la oscuridad y ahora estamos siguiendo al Maestro en Su luz, es noticia merecedora de compartirse. (Juan 9:25)

La potencia de nuestro testimonio no proviene de lo que nosotros hemos hecho (o dejado de hacer) sino de lo que Dios ha hecho por nosotros y en nosotros. Nuestra humilde historia del completo cambio que Él efectuó en nuestro ser hará una diferencia en el mundo. Pues Quien completó nuestra transformación la utilizará para incitar a otras almas a alcanzar la misma merced. ¡Su gracia nos salva y Su Espíritu nos usa para Su gloria!

Siempre recuerden que el Creador del universo nos mostró Su grande amor enviando a Su Unigénito para morir en la cruz por nosotros. Esta expresión de inescrutable amor nos hace justos en Sus ojos. Recibimos este inmerecido acto por fe, para entonces ir por todo el mundo proclamando lo que Él ha hecho en nosotros. Ofrecemos la evidencia, nuestra nueva vida en Cristo, encomendando a que otros reciban la misma gracia. (2 Corintios 3:3-6)

CSA-Printstock via Getty Images

ALL Articles