Creciendo en Silencio: El Camino de la Madurez Espiritual
"Para ahondar nuestra relación con Cristo, no tenemos por qué ahogarnos en muchas tareas nobles o servicios abnegados."
Lamentablemente los recién nacidos no vienen con instrucciones siendo que, ¡no saben leer todavía! Son los padres que deben prepararse para su llegada aprendiendo cómo cuidar de su amado querubín. Creo que por esto Dios planteó el periodo de gestación por nueve meses… para darnos suficiente tiempo.
Es similar con cada nacimiento espiritual, pues cada infante en la fe debe ser guiado en su desarrollo. Jesús mismo recetó este proceso específicamente dictando que Sus discípulos “vayan y hagan discípulos de todas las naciones… enseñándoles que guarden todas las cosas que les he mandado.” (Mateo 28:19-20)
Esto de hacer discípulos va más allá de la necesidad de “nacer de nuevo” (Juan 3:3), requiriendo el entrenamiento de cada converso a guardar todos los mandatos de Jesús. Este deleitoso proceso de desarrollo precisa que nuestros progenitores espirituales nos exhortan, animan e instan para que andemos como es digno de Dios. (1 Tesalonicenses 2:10-11)
Parte del propósito de nuestro trajín terrenal es que “sigamos adelante hasta la madurez” (Hebreos 6:1); no sólo continuando en la pelea, pero mejor acabando la batalla (2 Timoteo 4:7). Nunca pretendiendo que hemos “llegado a la perfección,” sino extendiéndonos a lo que está por delante, prosiguiendo a la meta, hacia el premio del supremo llamamiento de Dios. Y aun los que han “alcanzado la madurez pensemos de este modo.” (Filipenses 3:12-16)
Permítanme afirmar aquí que todo esto es en respuesta a la “gracia salvadora de Dios” que se manifiesta en nosotros, “enseñándonos a vivir de manera prudente, justa y piadosa.” (Tito 2:11-2) El mismo Espíritu Santo nos capacita e insta a continuar transformándonos a Su imagen, de gloria en gloria. (2 Corintios 3:6,18).
Muy temprano en nuestra nueva vida con Cristo comprendemos que por caminar con Él no dejamos de vivir en este planeta. Todo lo que nos rodea tiene la terrible tendencia de interponerse a nuestro crecimiento espiritual. Las impertinentes influencias del enemigo buscan conformarnos a este mundo, pero nosotros debemos buscar la continua renovación de nuestro entendimiento. (Romanos 12:2).
Los salmistas nos dan una buena apertura para esta búsqueda al instar que estemos quietos y esperemos en Dios (Salmo 37:7, 46:10, 62:1). Esta imperativa intima mucho más que el dejar de movernos, más bien a completamente cesar toda actividad, aflojando nuestro fuerte aferro a nuestra propia voluntad.
Autores como Don Whitney enseñan que la mejor manera de llegar a esta bendición es en físicamente separarnos de todo lo que nos distrae. Para muchos de nosotros esto requiere que nos aislemos, entrando en un lugar donde podemos estar a solas con nuestro Señor. Ricardo Foster lo propone como una práctica vital que nos puede liberar de todas las trivialidades que aclaman por nuestra atención.
Jesús mismo es el máximo ejemplo de este ejercicio pues siendo el mero Hijo de Dios, Él buscó pasar tiempo a solas con Su Padre. Se levantaba muy temprano para salir a lugares desiertos a orar (Marcos 1:35), o se apartaba de la muchedumbre en tiempos agobiados (Lucas 5:16). A veces pasó toda la noche orando (Lucas 6:12) o varios días en reclusión (Mateo 4:1-2). Al enfrentar días difíciles (Mateo 14:13), y ciertamente en preparación para Su ultimo sacrificio (Marcos 14:35), la segunda persona de la Trinidad singularmente se postró ante el trono supremo.
Al ausentarnos del mundo, en silencio y solitud, nuestros pensamientos y enfoque más fácilmente se tornan a Dios. Las atracciones y distracciones terrenales desvanecen, nuestros pensamientos y pesares internos se disipan, y podemos con más intención oír la voz del Buen Pastor. Él nos llama a salir del mundo (Juan 15:19) para recibir Su santidad y entonces poder salir a servir al mundo con Su verdad (Juan 17:15-19).
Algunas personas tienen dificultad con esta aparente contrariedad: estamos en el mundo para ser luces guiando a los pecadores a su Salvador, pero no somos del mundo y nuestra eficacia evangelística depende del tiempo invertido en pasar tiempo a solas con nuestro Maestro. El profeta Isaías nos aclara esta conexión cuando, al entrar en la gloriosa presencia del Divino, escucha el clamor del Sagrado corazón: “¿Quién irá por nosotros?” (Isaías 6:8)
Pero Dios no nos envía a Su mies (Mateo 9:38) sin reconocer que fácilmente podemos abrumarnos en el afán de servir al Señor con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma (Deuteronomio 10:12) y con gran fervor (Colosenses 3:23). Por esto Dios estableció un perfecto balance entre el trabajo y el descanso. En seis días creó todas las cosas y el séptimo día reposó “de toda la obra que había hecho. Por eso Dios bendijo y santificó el séptimo día…” (Genesis 2:2-3)
Después Jehová instruyó a Su pueblo Israel que utilizara la misma medida al ordenar sus actividades: “Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día es reposo para el Señor tu Dios.” (Éxodo 20:9) Es interesante como lo primero que Dios santificó fue la suspensión de toda actividad para dedicar ese tiempo y esfuerzo a conocerle mejor.
Nosotros también debemos tomar esta primera pauta para tener un saludable desarrollo espiritual. Entrando en la secreta intimidad (Mateo 6:6), en silencio para escucharle mejor (Habacuc 2:20), encontrando fuerzas en esa quietud (Isaías 30:15), y tener plenitud de gozo en Su presencia (Salmo 16:11).
Dios mismo es Quién nos invita a esta amena conversación (Isaías 1:18), a una continua comunión (1 Juan 1:3) y a convivir con Él eternamente (Apocalipsis 3:20). Escuchamos su intensa súplica por intimidad en Su llanto: “¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, así como la gallina junta a sus pollitos debajo de sus alas!” (Mateo 23:37)
Para ahondar nuestra relación con Cristo, no tenemos por qué ahogarnos en muchas tareas nobles o servicios abnegados. Jesús prefirió la paciente pasión de María a Sus pies que el atareado afán de Marta en la cocina. Entonces, ¡escojamos la mejor parte! (Lucas 10:38-42).
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