Padre Nuestro

“Perdona Nuestras Deudas…” Reconoce Cuando Algo Está Mal

"Unos más que otros, pero siempre pecamos. Aun quienes han tenido una conversión real luchan con fuerzas internas y externas determinadas a alejarlos de la voluntad de Dios." by Captáin Alan J. González

Yo tenía once años cuando se estrenó la película de ciencia ficción El Planeta de los simios. Su impacto fue tal, que luego se convirtió en una serie de televisión con mucho éxito. Una de las reseñas utilizadas para promocionar la película fue la siguiente: “En algún lugar del universo, debe haber algo mejor que el hombre”.

La cita anterior puede resultar odiosa porque, contrario a ello, nos gusta más bien pensar que somos buenos; o que no somos tan malos. Los filósofos humanistas del Siglo XVIII pregonaron que el hombre es el valor supremo del universo y que es, por naturaleza, bueno. Vivir pensando lo contrario nos resulta incómodo, como una piedra en el zapato. 

Pero, obviando el pasado, piensa en las atrocidades cometidas a diario alrededor del mundo: el abuso y explotación infantil, la incitación al uso de drogas o alcohol, el genocidio o la esclavitud, distintas violación de los derechos humanos, el racismo, el crimen y los asesinatos por encargo, la violencia religiosa, el aborto, tráfico humano de drogas u órganos. ¿Qué piensa ahora? ¿Somos buenos por naturaleza?

Podemos racionalizar y argumentar que las circunstancias nos obligan a hacer cosas que no debemos hacer; como por ejemplo: “Tuve que mentir para evitar ser despedido de mi trabajo”; “Robé porque no tenía nada para comer”; “Me dedico a la prostitución para pagar mi matrícula universitaria”. Pero la conciencia humana es un recordatorio omnipresente de nuestra responsabilidad moral ante Dios. La respuesta de la Biblia deja a todos sin excusa válida:

“Desde el cielo el Señor contempla a los mortales, para ver si hay alguien que sea sensato y busque Dios. Pero todos se han descarriado, a una se han corrompido. No hay nadie que haga lo bueno; ¡no hay uno solo!” (Salmo 14:2-3).

“No hay en la tierra nadie tan justo que haga el bien y nunca peque” (Eclesiastés 7:20).

No debemos cometer el error de pensar que somos libres de culpa, porque “Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no tenemos la verdad.” (I Juan 1:8) Por eso, el Apóstol Pablo señala, “Por cuanto todos pecaron, están destituidos de la gloria de Dios”. (Romanos 3:23) De este modo, si pensamos en el pecado como algo que nos relega de la gloria de Dios, su gravedad comienza a aclararse.

Unos más que otros, pero siempre pecamos. Aun quienes han tenido una conversión real luchan con fuerzas internas y externas determinadas a alejarlos de la voluntad de Dios. Pablo escribió acerca de esta lucha en términos realmente personales, en Romanos 7. También advierte: “el que crea estar firme, mire y no caiga”. (I Corintios 10:12) Nadie está exento de momentos de debilidad, y el Señor Jesucristo lo reconoció así; al decir: “Estén alerta y oren para que no caigan en tentación. El espíritu está dispuesto, pero el cuerpo[a] es débil” (Mateo 26:41). 

Incluso los más santos y dedicados, en algún momento de sus vidas, ceden a sus debilidades. Charles Swindoll señala que “Todos los hombres y todas las mujeres de la Biblia tienen pies de barro, y cuando el Espíritu Santo pinta un retrato de sus vidas, es muy objetivo. Él no oculta, niega ni pasa por alto el lado oscuro de ellas”.  Por eso, cuando falles, no tardes en reconocerlo. Aunque, en cierto modo, es reconfortante saber que los personajes más célebres de la Biblia experimentaron algo similar, eso no debe ser excusa para justificar el pecado. 

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